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24 sept 2026

Madrid, 24 de junio de 2026, ¡un día de alegría y acción de gracias!
El pasado 24 de junio celebramos en la Universidad Francisco de Vitoria de Madrid la I entrega de diplomas del Diploma de Especialización en Pastoral Familiar.
Comenzamos poniendo la jornada en manos del Señor con la Eucaristía en la Capilla universitaria.


A continuación, nos trasladamos al salón de grados para dar inicio al acto académico, presentado por Dª María Lacalle Noriega (Vicerrectora de Profesorado y Ordenación Académica) y por nuestro presidente, el P. Juan de Dios Larrú.
El P. José Granados, presidente de la Fundación Veritas Amoris Project, nos llenó de esperanza con su ponencia: "El matrimonio, fuente de unidad eclesial: una esperanza para nuestros tiempos polarizados".

Un total de 10 alumnos han recibido su diploma. ¡Enhorabuena a todos, incluidos los dos que no pudieron acompañarnos de forma presencial!

Para cerrar la jornada, compartimos un aperitivo lleno de risas, reencuentros y vida: conocimos al pequeño hijo de María con apenas un mes de vida y disfrutamos viendo a hijos y nietos correr entre las mesas.
Ya tenemos la mirada puesta en el próximo curso, en el que nuevos alumnos defenderán sus trabajos finales para seguir aprendiendo a amar y evangelizar desde la familia.
¡Gracias a todos por hacerlo posible!
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Estas son algunas notas de la ponencia del P. José Granados.
El P. José comenzó recordando que este diploma desarrolla una visión esperanzada de la familia, estudiando el matrimonio y la familia desde el designio creador de Dios y desde la redención de Cristo. Y, a la vez, lo hace en apertura a las distintas ciencias humanas —la psicología, la sociología, la pedagogía e incluso la economía y la política—. Una clave de estos cursos es cómo han abierto, desde la relación del matrimonio con Dios, caminos fecundos para todos los aspectos de la vida social. Por eso, el P. José quería abordar la relación entre la familia y la unidad de la sociedad.
Afirmó que una forma de describir los males de nuestra época es en términos de polarización. Vivimos en una sociedad polarizada, con tensiones.
En la Iglesia: se descubre en el eje tradicionalismo - progresismo. El tradicionalismo aparece representado por quienes niegan la validez del Concilio Vaticano II, el progresismo tiende a identificar la renovación con una adaptación continua a los cambios culturales.
En la sociedad: oposición entre conservadores y progresistas. Una contraposición entre una visión liberal de la sociedad y una visión más social. Sin embargo, esta oposición se ha ido atenuando. En la mayoría de los países occidentales encontramos sistemas mixtos en los que el liberalismo se modera mediante elementos propios del Estado social.
División entre identitarios y globalistas: Esta última división tensa hoy buena parte de la vida política occidental. En muchos países, tanto los partidos conservadores tradicionales como los partidos socialdemócratas comparten presupuestos básicos del sistema globalizado y forman, de hecho, un frente común frente a quienes cuestionan esos presupuestos desde posiciones identitarias.
¿Qúe salida hay ante esta polarización? ¿Cómo podemos instaurar una visión unitaria de la sociedad? Esta cuestión se encuentra en el centro de la preocupación de León XIV, cuya búsqueda de unidad remite, en definitiva, a Aquel que es Uno y que nos hace uno, según reza su lema: in illo uno unum.
La clave de la unidad eclesial y social está en la familia. Solamente una familia sana, una familia que vive de acuerdo con el plan de Dios, es capaz de custodiar la unidad de la sociedad.
Ahora bien, junto a estas divisiones aparecen también falsas formas de unidad:
a) Una de ellas consiste en buscar un término medio entre extremos: ni tradicionalismo ni progresismo, intentando encontrar una especie de cristianismo sin pasión, una fe aplanada que no fuera ni una cosa ni la otra. Sin embargo, la fe católica no se construye mediante compromisos de ese tipo. La fe afirma conjuntamente realidades que pueden parecer opuestas. Afirma la misericordia y la justicia. Es una mala solución teológica buscar un término medio entre piedad y verdad. Lo correcto es afirmar las dos a la vez, pues una no quita nada a la otra, sino que le suma.
b) Otra falsa forma de unidad consiste en pensar que todo cabe en la Iglesia, según un esquema adoptado por la Iglesia anglicana. Así se propuso, por ejemplo, en las tensiones surgidas entre diversos episcopados africanos y algunos sectores de la Iglesia alemana a propósito de la declaración Fiducia supplicans.
c) Una tercera falsa unidad es la unidad emotiva. Hoy vivimos frecuentemente encerrados en ella. Es la unidad producida por un mismo miedo, generado por la existencia de un enemigo común. O es la unidad de la euforia colectiva, de la pasión compartida, de la indignación o de la ira. Son formas de cohesión que la filósofa Eva Illouz ha descrito como “modernidad explosiva”, donde la unidad es falsa y termina dinamitándolo todo.
¿Cuál es entonces el camino adecuado? buscar en la familia la verdadera unidad en tres pasos, respondiendo a tres grandes fracturas de nuestro tiempo:
1. La división temporal entre progreso y tradición
La familia ha sido desde el principio el lugar donde se unen los tiempos, no para negar el pasado ni el futuro, sino para afirmarlos a ambos.
Spaemann observa que la oposición moderna entre progresismo y tradicionalismo nace en gran medida de la pérdida de la teleología. Cuando desaparece el fin o telos, desaparece también la unidad del desarrollo. Entonces el pasado aparece como algo que debe ser superado y el futuro como una novedad absoluta que rompe con lo anterior. De este modo surge la contraposición entre una actitud tradicionalista, que busca refugiarse en el pasado, y una actitud progresista, que identifica el bien con el mero avance hacia adelante.
Sin embargo, al recuperar una visión teleológica, descubrimos que el crecimiento auténtico no consiste en abandonar el origen, sino en volver a su fuerza renovadora para transformar el mundo. El fin no niega el comienzo, sino que lo lleva a plenitud. Y precisamente por eso pasado, presente y futuro pueden mantenerse unidos en una misma historia.
Para entenderlo mejor conviene distinguir dos tipos de progreso, siguiendo un ejemplo usado por Spaemann.
El primero es el progreso técnico. Pensemos en quien construye un edificio. El progreso consiste en avanzar hacia la conclusión de la obra. Pero la casa solo existe plenamente cuando está terminada. Si supiéramos que nunca podremos poner el tejado, no tendría sentido seguir colocando ladrillos indefinidamente. Todo el trabajo previo tiene sentido en función de algo exterior a la casa, que es la persona que quiere habitarla. La casa no crece poco a poco en el tiempo, sino que aparece en el momento final. Antes de estar concluida, la casa no es absolutamente nada, porque su ser se mide por un criterio externo. La unidad no está en cada momento de la construcción, sino en el proyecto concebido por quien la construye.
Muy distinto es el crecimiento orgánico de la vida. Pensemos en la educación de un niño que aprende a tocar el violín o el piano. Los primeros intentos son torpes, incluso cacofónicos. Sin embargo, cuando ya se domina algo el instrumento, cada hora de práctica posee ya un sentido propio. Si supiéramos que ese niño no llegará nunca a convertirse en un gran concertista, ello no privaría de sentido a la clase o al humilde concierto que organiza para sus familiares. Cada uno de estos momentos tiene valor en sí, porque construye al niño, y ese momento participa ya de la plenitud hacia la que camina.
Aquí el progreso no consiste simplemente en acumular etapas hasta alcanzar un resultado exterior. Es una plenitud que se va desplegando desde dentro. Y precisamente por eso encontramos una verdadera unidad del tiempo. La plenitud futura está ya presente de algún modo en el origen.
Por eso este progreso requiere memoria. El ser orgánico progresa recordando su origen. Cada etapa tiene sentido porque no constituye una novedad absoluta, sino el despliegue de una vida ya presente desde el principio. Pasado, presente y futuro quedan así unificados.
Es precisamente aquí donde aparece la familia. La familia es una casa, pero una casa orgánica, una casa viva. Cuando Dios crea al hombre y a la mujer y los llama a ser una sola carne, inaugura el primer «nosotros» humano. Surge así una morada capaz de hospedar a la persona.
Esta casa, que son el hombre y la mujer, está viva. La casa que el hombre y la mujer inauguran el día de su boda no es simplemente una estructura exterior. Es una realidad orgánica llamada a crecer desde dentro. Y ese crecimiento se realiza precisamente porque los esposos recuerdan continuamente la promesa originaria que los unió.
Desde este punto de vista, todo progreso en el amor implica recuperar el inicio del amor. El tiempo no es enemigo del amor, sino el medio en el que el amor vive, respira, madura, florece y da fruto. Por eso la familia es lugar de unidad del tiempo y no de enfrentamiento entre los tiempos.
Por eso la familia posee una importancia social decisiva. Es el lugar donde se aprende a dar unidad al tiempo y, por tanto, donde se aprende a construir una historia común.
Además, la familia es el lugar de la memoria. Recuerda que todo comenzó con un amor que precede al hombre y a la mujer. Sus propios cuerpos no son algo que ellos hayan fabricado. Son un don recibido. El hombre no agota el misterio de la mujer, ni la mujer el misterio del hombre. Ambos remiten a un significado que les supera.
Y precisamente por eso la familia es también lugar de novedad. Cada nacimiento introduce en el mundo algo radicalmente nuevo. El hijo es una sorpresa que supera toda previsión humana. La familia está abierta a una esperanza mayor que cualquier proyecto puramente humano. Es más progresista que el más avanzado progresismo. Al unificar pasado, presente y futuro, la familia constituye una fuente imprescindible para que la sociedad pueda mantenerse unida.
Todo esto alcanza su plenitud en el sacramento del matrimonio. Cristo ha dado a la familia una capacidad máxima de promesa, al unir la promesa de los esposos a la promesa originaria del Creador. Le ha dado también una capacidad máxima de perdón, porque toda herida puede ser restaurada desde el perdón de la Cruz, donde el matrimonio fue instituido. Y le ha dado una capacidad máxima de novedad, porque los hijos ya no son engendrados solamente para esta vida, sino llamados a la vida eterna.
Por eso la Iglesia posee, en el matrimonio y en la Eucaristía, la respuesta más profunda a la división entre conservadores y progresistas. Allí donde se custodian los sacramentos se custodia también el lugar donde los tiempos se unen. Una Iglesia sacramental, que entiende que ella nace de la Eucaristía y que su destino está en llevar la Eucaristía a todo el mundo, es una Iglesia esperanzada para resolver la polarización.
2. La división entre individuo y sociedad
La sociedad no se basa primariamente en individuos aislados, sino en relaciones, y por eso cobra importancia central la familia.
Aquí entra un concepto decisivo, desarrollado también por el papa León XIV y central en toda la tradición de la doctrina social de la Iglesia: el concepto de bien común.
Juan Pablo II, en su Carta a las familias, relacionó precisamente el bien común con el bien de la comunión. Se trata del bien que consiste en la presencia del otro, del hermano, y que no puede existir fuera de una relación viva.
San Juan Pablo II relaciona esta experiencia del bien común con la familia. La familia es el primer lugar donde se experimenta el bien común. En el matrimonio, el esposo y la esposa descubren que su libertad no existe aislada, sino que nace y crece con la libertad del otro. Sin el otro no pueden realizar plenamente su propia vida. Lo mismo sucede con los hijos. El hijo es un bien común de los padres. No pertenece exclusivamente ni a uno ni a otro. Ninguno de los dos podría haberlo recibido o disfrutado por separado. El hijo es fruto de una comunión previa y remite continuamente a ella.
Esta dificultad para comprender el bien común está en el centro de muchas divisiones contemporáneas. Se manifiesta especialmente cuando se separa la familia de la sociedad.
La familia está llamada a desempeñar un papel central en la organización de la vida común. La familia aparece entonces no como una realidad privada, sino como una fuerza generadora de tejido social. La familia permite superar el modelo liberal-laborista porque muestra que la célula básica de la sociedad no es el individuo aislado, sino la relación. Y la primera de esas relaciones es precisamente la relación familiar.
La familia constituye así la primera sociedad.
Por otro lado, la familia nunca vive aislada. Está abierta a la sociedad y participa de ella. Necesita el ambiente social para respirar. La familia es la primera experiencia social del hombre, pero también el lugar donde la sociedad entera se hace presente.
El bien común no pertenece solamente al orden de la creación; aparece igualmente en el orden de la redención. El bien común de la Iglesia se manifiesta de modo eminente en la Eucaristía. Allí experimentamos de forma privilegiada el bien de estar juntos. Allí se construye la comunión eclesial.
Esta perspectiva nos ayuda a comprender que la vida cristiana no puede reducirse a una suma de derechos individuales o de opciones privadas. Existe un bien común eclesial que debe ser protegido y promovido.
3. La polarización entre identidad y universalismo
Asistimos hoy a un renovado interés por grandes realidades que parecían haber desaparecido del debate público: la nación, la verdad, la familia, Dios, la religión. Son palabras que vuelven a reclamar atención y que, por ello mismo, aparecen a menudo como alternativas al paradigma dominante. Frente a ellas encontramos una visión más universalista que busca la unidad evitando las cuestiones conflictivas de la identidad y diluyendo las diferencias particulares para alcanzar una convivencia pacífica.
Es precisamente aquí donde la familia vuelve a mostrarse como un lugar privilegiado de unidad.
Pues en la familia se dan simultáneamente la identidad y la apertura universal. La familia es el ámbito del encuentro personal, de la cercanía de lo propio. Recibimos un nombre y unos apellidos que no nos damos a nosotros mismos. Recibimos una identidad concreta que nos precede. Descubrimos que somos hijos antes de ser individuos autónomos.
Sin embargo, esta identidad no nace del aislamiento. Se recibe dentro de una comunión que remite más allá de sí misma, hasta la acción creadora de Dios.
Por eso mismo, la familia es también escuela de universalidad.
Es una universalidad que nace del encuentro concreto entre un tú y un yo. Precisamente porque aprendemos a amar a una persona concreta, aprendemos también a reconocer el valor único de toda persona.
Algo semejante sucede en el matrimonio cristiano. La transformación que Cristo introduce en el matrimonio lo abre a una universalidad nueva.
Todo hombre puede llegar a ser reconocido como hermano porque todo hombre pertenece a la misma familia humana. Por eso Dios no ha querido simplemente que los hombres sean semejantes entre sí. No ha querido únicamente que el otro sea alguien parecido a mí. Ha querido que el otro sea mi prójimo, de mi misma familia, con un mismo origen e historia. Al ver al hermano no veo a alguien igual que yo o parecido a mí, sino a alguien de cuyo destino feliz depende mi destino feliz, porque compartimos relato desde un mismo origen.
Todo esto alcanza una nueva profundidad en la Iglesia. Es la Eucaristía la que hace posible la unión entre lo concreto y lo universal. En la Eucaristía recibimos el Cuerpo concreto de Cristo. Pero precisamente ese Cuerpo singular nos une a todos los hombres llamados a participar en él. Lo universal no aparece eliminando lo concreto, sino llevándolo a plenitud.
Conclusión: unidad de Dios y unidad social
En todo esto está implícita la cuestión decisiva: la unidad misma de Dios, del que brota la unidad social.
Las religiones se distinguen también por el modo en que comprenden la unidad divina. No se trata simplemente de afirmar que existe un solo Dios, sino de comprender qué significa esa unidad, como ha señalado el filósofo Rémi Brague. En la tradición judía, la unidad de Dios se manifiesta especialmente en su fidelidad a sí mismo. En el Islam aparece con frecuencia una insistencia en la absoluta unicidad divina, evitando toda distinción interna. La novedad cristiana consiste en afirmar que Dios es uno precisamente porque es comunión de amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Y es esta unidad divina la que se convierte en imagen de la unidad humana y social.
Por eso la Iglesia se comprende a sí misma, según la expresión del Concilio Vaticano II, como un pueblo convocado por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Y aquí encontramos nuevamente el sentido profundo del lema elegido por León XIV: In Illo Uno Unum. En Aquel que es Uno, nosotros llegamos a ser uno. Si leemos el contexto de la frase vemos que esta unidad (unum) es la del cuerpo de Cristo. Ahora bien, esta unidad del cuerpo es la unidad en una sola carne del Esposo y la Esposa. Por eso en el lema del Papa León está implícita la unidad matrimonial. Esta unidad esponsal, que llega a su plenitud en la Eucaristía, es central para la misión del Papa, de ser fundamento visible de unidad en la fe y en la comunión para la Iglesia y, desde ella, para todo el mundo.
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