Sapientia Amoris
9 mar 2026

¿Quién es este embrión? ¿Quién es este «cuerpo embrionario»?
Alain Mattheeuws
6 marzo 2026
https://veritasamoris.org/es/quien-es-este-embrion/
Numerosas cuestiones bioéticas pasan por este «cruce» en el que nuestra inteligencia y nuestro corazón son convocados para elaborar una respuesta a este aparente enigma del estatuto del embrión. Si se tratara únicamente de un material biológico puramente exterior a nuestro cuerpo y ajeno a la simbología humana, podríamos utilizarlo adecuadamente para múltiples fines, manteniendo en el horizonte el deseo de hacer el bien. Pero, si es «algo distinto», a la vez más cercano y más lejano que nosotros, la manera de tratarlo se convierte en un cruce ético ineludible y decisivo para nosotros y para la humanidad. ¿Es un fin o un medio para nuestra reflexión, para nuestra investigación, para nuestro actuar? ¿Representa un «otro» distinto de nosotros, igual en dignidad, pese a las apariencias corporales tan diferentes que presenta ante el ojo humano y pese a todas las consideraciones socioculturales que atraviesan la historia humana y nuestra época? No faltan reflexiones formuladas en lenguajes diversos y desde el respeto a distintas ciencias.
¿Por qué no adoptar el lenguaje de la teología para aproximarnos a este misterio y delimitarlo? ¿Cómo dar cuenta, en última instancia, de que un nuevo ser humano pueda surgir en el universo, sino mediante un acto creador de Dios mismo? Tanto lo infinitamente grande como lo infinitamente pequeño pertenecen al Creador, que está presente en el misterio de sus criaturas. «No te fueron ocultos mis huesos cuando fui formado en secreto, tejido en lo profundo de la tierra. Yo no era más que un esbozo, y tus ojos me vieron» (Salmo 139, 15-16). ¿No es el Señor inmanente a todas las cosas, y ciertamente a todo ser vivo? Para el cristiano, la Creación es un acto gratuito de Dios. Dios establece alianza con lo que crea: instituye un vínculo personal y gracioso entre el ser humano y Él.
En su origen, todo ser humano es precedido por una benevolencia divina que le hace ser y vivir, que lo pone en alianza con Dios mismo. El Concilio Vaticano II se expresaba así: «El hombre es la única criatura en la tierra que Dios ha querido por sí misma» (Gaudium et Spes, n.º 24). El papa Juan Pablo II, por su parte, afirmaba con esta convicción: «La concepción y la génesis del hombre no responden únicamente a las leyes de la biología; responden directamente a la voluntad creadora de Dios, es decir, a la voluntad que concierne a la genealogía de los hijos e hijas de las familias humanas. Dios “quiso” al hombre desde el principio, y Dios “quiere” al hombre como ser semejante a Él, como persona. Esta voluntad es “don gratuito” de la existencia a lo que no existía: un ser humano llamado a ser y a vivir “a imagen y semejanza” (Gn 1, 27) de su Dios, conocido o desconocido. Este hombre, todo hombre, es creado por Dios “para sí mismo”»[1].
Esta voluntad de Dios no es ni un concepto, ni una idea, ni una ley de los hombres, ni la expresión de deseos complejos. En ninguna parte, ni en el cielo ni en la tierra, existen miniembriones, preembriones, criaturas potenciales, ni almas en reserva para eventuales concepciones y procreaciones. El amor de Dios por sus criaturas es personal. Su poder creador se inscribe en la historia humana, a través de las libertades humanas. Ese poder acompaña e incluso es interior a los actos humanos que permiten la concepción de un nuevo ser humano. Ya sea de manera inmanente a la unión de los esposos, del hombre y la mujer, o en los procesos iniciados por un biólogo, que realiza la fecundación de un óvulo y un espermatozoide, Dios está ahí, de modo discreto y más allá de las imágenes que podamos formarnos. Dios no está al margen de los actos del ser humano que hacen surgir a un nuevo individuo humano. Tampoco existe una especie de «tierra de nadie», de tiempo o de espacio, en la que su «presencia» fuese «ausencia».
Dios está verdaderamente presente en la historia: siempre está presente en el «cuerpo embrionario»[2] que se forma bajo la responsabilidad de otros seres humanos. Se deja, por así decirlo, «tocar» y «guiar» por las personas que conciben un embrión, que establecen las condiciones tanto corporales como espirituales para la concepción de un nuevo ser humano. Los acontecimientos y los actos humanos pueden variar, según las decisiones libres de una pareja, de un médico o de un investigador. Pero, desde el momento en que aparece el «cuerpo embrionario», cualesquiera que sean las modalidades de su surgimiento, tenemos la certeza de que Dios se ha comprometido con ese cuerpo. Señalemos la originalidad de la expresión «cuerpo embrionario»: ya no remite únicamente a un vocabulario científico, ni a una afirmación dogmática sugerida por la reflexión eclesial. Se trata del «cuerpo embrionario» de un ser humano, de nuestra especie. Dios está presente en lo íntimo del cuerpo, pues «el cuerpo es para el Señor, y el Señor es para el cuerpo» (1 Co 6, 13). No podemos «aprehender» el instante de ese compromiso de alianza, pero, cuando tomamos conciencia de él y lo observamos, comprendemos que Dios no está «en otra parte». Está presente en el misterio del «recién concebido».
Dios asume de manera paternal el «cuerpo embrionario» del ser humano, tal como es. ¿No está a veces marcado por la discapacidad, las mutaciones genéticas, las anomalías cromosómicas, las debilidades proteicas, defectos físicos graves que comprometen su tiempo de vida en la tierra? Si pertenece a la especie humana, el «cuerpo embrionario» es el término de un acto creador y amoroso de Dios: ¿no estaría, desde su creación, puesto en alianza con su Creador y habitado por la presencia de Dios? Por eso, merece el respeto incondicional debido a todo ser humano. Las palabras que lo califican (zygoto, mórula, etc.) describen el estado del proceso vital, delinean las etapas de su desarrollo, pero no expresan la radicalidad del misterio de su ser.
Asimismo, la manera en que ha sido concebido puede ser variada, torpe o incluso inmoral; sin embargo, ello no niega su realidad personal, en desarrollo y en ejercicio progresivo. No anula la dignidad que le es propia, y que no puede negarse sin herirlo y sin herirnos en nuestra dignidad de seres humanos. Es bueno comprender el alcance de toda concepción humana para intentar corresponder a aquello que surge así como «totalmente nuevo». Así, para la antropología cristiana, resulta coherente afirmar que el «cimiento antropológico» del ser humano no puede ser cualquier acto. A la bondad del acto creador debe corresponder la bondad de un acto de amor conyugal entre un hombre y una mujer, unidos por una promesa de amor. A la bondad y a la inocencia de un nuevo ser humano, deben corresponder la belleza y la grandeza de un acto conyugal «realizado por amor». Si el hombre y la mujer han sido creados «a imagen y semejanza» de Dios (Gn 1, 27), es bueno que realicen los gestos corporales y sexuados propios para acoger a todo nuevo ser humano, que también será «a imagen y semejanza» del Creador.
Esta lógica interna del amor creador está inscrita en la historia de los cuerpos humanos, personales. Respetar el cuerpo del ser humano, en todas las edades de la vida, es siempre honrar la promesa de la alianza. Tocar el cuerpo del hombre es tocar al hombre, porque el cuerpo es la persona, ya visible. El cuerpo custodia y manifiesta el ser personal, más allá de las medidas del tiempo que podamos establecer (¿el instante «t» de la animación?). Sin las palabras del cuerpo, ¿qué sabríamos de «aquel que acaba de ser concebido» y también de quienes lo han concebido? El «cuerpo embrionario» nos habla de la existencia de un misterio personal, que debemos acoger siempre con la razón y con el corazón, sin poder jamás apropiarnos totalmente de él. Si la gramática y el vocabulario del cuerpo cambian según las edades de la vida, ello no es ni una «pobreza» ni una «deficiencia»: es una riqueza ligada a la persona, cuya historia es sagrada, desde los primeros instantes de su existencia hasta su desaparición ante nuestros ojos de carne, en su muerte.
La interpretación de lo que es la persona en su cuerpo no puede reducirse a criterios puramente jurídicos, científicos o, incluso, filosóficos. La persona se expresa «en su cuerpo», pero nosotros, en plena libertad, hemos de captar quién es en cada instante, sin reducirla a las apariencias que manifiesta de sí misma. Desde su concepción, el ser humano nos recuerda una verdad: el hombre no se reduce a las apariencias que ofrece de sí. Su cuerpo dice quién es, pero remite también a aquel, a aquella y a aquellos que le han dado «cuerpo en la historia». Su cuerpo remite igualmente a Aquel que se lo ha ofrecido, pues nuestro cuerpo nos recuerda siempre que no somos el origen último de nuestro ser. El embrión humano expresa siempre, en su cuerpo tal como es y tal como se desarrolla, una «totalidad interior y exterior» mayor que lo que podemos percibir. Esta riqueza que define su misterio indica «ya», para quien sabe «ver y comprender», que es una persona. El «cuerpo embrionario» dice siempre más de lo que vemos.
[1] JUAN PABLO II, Carta a las familias, 2 de febrero de 1994..
[2] Expresión «extraña» y nueva en Dignitas personae n.º 4 (Instrucción del 12 de diciembre de 2008), pero muy rica en interpretaciones.