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29 oct 2026

Dejar a Cristo ser: crónica de una semana en familia
Hay semanas de agosto que no caben en un calendario normal. Días en los que el calor del verano malagueño deja de ser un termómetro para convertirse en el calor de una casa llena: abrazos de bienvenida, vítores con los que recibimos a los monitores y miradas de complicidad entre quienes venían por primera vez, quienes repetían curso y quienes este año se despedían cerrando ciclo.
Si algo definió estos días no fue el rigor de un horario, sino el latido compartido de una familia en marcha.
El arte de la entrega silenciosa
Detrás de cada jornada hubo un motor invisible pero lleno de alma. Nada funcionó por inercia: desde el equipo que cuidaba la sala, el frescor del aire y las pantallas para que todo estuviera a punto, hasta los encargados de la mesa de libros, siempre atentos para aconsejar lecturas; o quienes preparaban con cariño los almuerzos y aperitivos.
La música fue un puente constante: Carlos, Daniel y Alicia e Iñaki liderando la música, se encargaron de repartir cada letra para que la asamblea no fuera simple espectadora, sino un solo corazón cantándole a Dios. Y al comenzar el día, Rocío y Javi distribuían con paciencia los misterios del rosario, donde nunca faltaban voluntarios decididos —con los más pequeños pidiendo turno al vuelo para cantar las letanías—.
Luz para la mente y el corazón
En las sesiones formativas aprendimos a mirar nuestra realidad sin miedo y con hondura, guiados siempre por las cariñosas introducciones de D. Daniel:
Carmen Álvarez nos hizo «darle vueltas al pollo», adentrándonos con desparpajo y profundidad en el Génesis y la teología del cuerpo.

Con Ramón Acosta abordamos el noviazgo, el discernimiento y el reto urgente del acompañamiento a los jóvenes, levantando preguntas que resonaron durante horas.
D. Daniel Granada nos confrontó con una verdad luminosa sobre la moral: el cristiano no es el que da «trozos» de su vida a Dios, sino el que se deja mover por el Espíritu y deja a Cristo ser en él.
Con D. Fulgencio Espa aterrizamos la santidad en la mesa de la cocina y en la oficina, navegando entre la familia, el trabajo y anécdotas memorables (con alguna que otra referencia inesperada al célebre dinoseto).
Con Carlos recorrimos cinco siglos de historia de la Iglesia para descubrir cómo el Magisterio ha abrazado y custodiado el matrimonio a lo largo de los siglos.
Y para coronar, Marta Guerra nos abrió las puertas del Derecho Canónico con su ponencia sobre el amor a la institución, despertando un debate tan vivo como enriquecedor.
Comprendimos bien, como recordábamos en la fiesta de los mártires de Barbastro, que ser testigo es precisamente eso: alumbrar la vida corriente.
Málaga abierta y tardes de asombro
Por las tardes, el seminario abría sus puertas hacia afuera gracias a unos responsables de ocio que, sin ser de Málaga, diseñaron cada plan con el detalle y el mimo de un anfitrión local.
Descendimos a las entrañas de las Cuevas del Tesoro, nos dejamos llevar por el sonido del mar en la playa y nos asomamos al Museo Aeronáutico. En la Catedral de Málaga los niños se convirtieron en grandes guías gracias a su audioguía infantil, antes de coronar la tarde con el tradicional helado en CasaMira.

Hubo momentos singulares que quedarán en la memoria, como aquel rosario rezado a la Virgen justo cuando el eclipse oscurecía el cielo, o la peregrinación al Santuario de la Victoria, subiendo con cantos y plegarias. Y al caer la noche, después de la oración —donde cantamos con el alma aquello de «ya no soy esclavo del temor»—, las tertulias se alargaban entre risas y confidencias: anécdotas de Venezuela, lechuzas, el musical de San Juan Pablo II, recuerdos de visitas papales y las ocurrencias de Br. Joe en España.
Broche de oro
La recta final nos regaló dos momentos imborrables. Primero, el festival infantil, donde los más pequeños demostraron con sencillez y alegría una catequesis viva que conmovió a grandes y medianos.


Y después, la cena de gala: un encuentro preparado con mimo exquisito, minutas, cantos de entrada y mesas bautizadas con nombres de santos de cabecera, descubriendo juntos la huella que cada uno de ellos dejaba en nosotros. Fue la noche del agradecimiento hondo, de escuchar el testimonio emocionado de los matrimonios que concluían el máster y de celebrar el camino andado.


Despedimos la semana en la terraza del seminario, bajo la luz de los fuegos artificiales de la Asunción, con pocas horas de sueño pero el corazón desbordado. Nos vamos con más preguntas buenas, con amigos de camino y con la certeza de que la familia no es una teoría, sino un milagro cotidiano que merece ser vivido a fondo.

Familia Gil Arias