Noticias Asociación
10 sept 2026

El domingo 16 de agosto por la tarde, los coches fueron llegando al colegio de los Maristas de Tui cargados hasta el techo: maletas, tronas, carritos y la bolsa de los potitos. En apenas diez minutos, niños que no se conocían de nada ya formaban una cuadrilla corriendo por el patio. Y no se me ocurre nada más gráfico para explicar lo que es un encuentro de verano del Máster: Decenas de familias compartiendo casa, horario y Sagrario para dedicarse, todas a la vez, como una familia de familias, a lo verdaderamente importante.
A falta de sólo un verano más para terminar el máster, todavía llegamos creyendo saber lo que nos esperaba, pero, aunque se repitan horarios, actividades y rutinas, Dios sigue haciendo nuevas todas las cosas, y lo sigue demostrando encuentro tras encuentro.
Ya en la primera sesión San Pablo con una de sus cartas nos provocó un buen debate sobre la sumisión de las esposas a sus maridos, que duró hasta la sobremesa. Con el profesor Pérez-Soba, por su parte, pasó lo de siempre: hay que escucharle con el freno de mano echado, porque carga cada frase de tanta hondura que uno necesita pararse a masticarla antes de dejarle continuar. También volvió a salir el gran temón que acompaña durante todo el máster: la paternidad responsable, para la que volvimos a salir sin recetas ni fórmulas mágicas. Por otro lado, los que todavía tenemos hijos pequeños nos reíamos por no llorar pensando en las tres normas inquebrantables que pondríamos a nuestros hijos cuando llegasen a la adolescencia, e imaginando cómo sería el momento en el que les sentásemos para contarles que «La castidad no es un no, es un sí a la entrega». Y para rematar, uno de esos profesores de historia que todos habríamos querido tener, se ocupó de recordarnos que ese jaleo familiar del que a veces nos vemos tentados a huir buscando unas vacaciones, es precisamente donde se encuentra el verdadero descanso.
Como broche académico, tuvimos la inmensa suerte de presenciar una defensa de tesina sobre la familia como célula de la sociedad. El tema impresiona, pero pensar en cómo ese matrimonio ha sido capaz de sacar tiempo de lectura, estudio y redacción, compaginándolo con sus trabajos y cuatro hijos, le rompe los esquemas a cualquiera.

Toda esta riqueza de formación habría quedado en el aire si el encuentro no estuviera diseñado para aterrizarla en el día a día, a través del testimonio vital del resto de familias y, sobre todo, de la oración. Porque, si se le deja hacer al Señor, todo es posible. Comenzar cada día en la capilla con el ofrecimiento de obras y la Eucaristía es lo que verdaderamente coloca el encuentro, y ver a Lucía y M. Cristina cuidando la liturgia con tanto cariño es un verdadero testimonio. Además, lograban amenizar un poco con sus cantos el ejercicio ascético al que nos obligaba el algo más que cálido ambiente de la capilla.
Las tardes estaban perfectamente cuidadas y organizadas por Jorge y Sara. Planes de todos los colores: Playa, descenso en canoas —con una regata que, en palabras de Maricarmen, fue «divertida a la vez que competitiva»—, paseos tranquilos, visitas turísticas y hasta un rosario en familias que nos llevó a coronar el monte Aloia, con el Miño de fondo y unas vistas increíbles.

En esos ratos de juego, entre partidos improvisados y la inagotable paciencia de los chicos mayores con los pequeños, el hijo de dos años de Ramón y Mónica volvió a casa convencido de que es un futbolista profesional.

En Tui el tiempo parece estirarse, porque dio hasta para una noche de cine con “Valor Sentimental” en cartelera, seguida de un coloquio en el que el profesor Pérez-Soba nos ayudó a extraer toda esa cantidad de mensajes que escondía la peli que nos habían pasado desapercibidos a todos.
Imposible no mencionar la que ya se sitúa entre las mejores cenas de gala de la historia del Máster. La montaron los acogedores Pablo y Sara, tomando las bodas de Caná como hilo narrativo y haciéndolas dialogar con nuestras propias bodas.
Todo se abrió leyendo el Evangelio seguido de un aperitivo y bebidas servidas por los hijos adolescentes de las familias, convertidos en unos camareros de primera perfectamente vestidos para la ocasión y completamente metidos en su papel. Había seating plan, meseros, un menú decorado y temas propuestos en cada mesa para que la conversación tuviera profundidad. Entre plato y plato algunos brindis propuestos por matrimonios: Gema y Félix nos emocionaron sacando jugo a los escrutinios; Jesús y Marta generaron un clima propio para revivir el momento del consentimiento. Cerró Joseja, hablándonos sobre el significado de algunos ritos que la rica liturgia propone para la celebración del matrimonio. Fue una velada inolvidable.


Y, por supuesto, llegó el festival, una fiesta de principio a fin. «El Papa», representado por el padre Javier, hizo su entrada triunfal en su papamóvil mientras, al ritmo de Alza la mirada bendecía a los niños que le iban acercando. Finalmente tomó asiento como parte de un jurado que completaban Gonzalo como «Cucurella» y Fernando deleitándonos como «Copérnico». Se sucedieron las actuaciones: niños de todas las edades bailando desde La oveja perdida hasta Michael Jackson; una obra sobre el amor originario con M. Cristina como narradora de primera y actores espectaculares como Patricia, Gonzalo y Lucía; Un número de Ramón y Santi tan bien resuelto que a más de un niño le costó horas entender el truco. Eso sí, ganó, sin discusión posible, un equipo de natación sincronizada formado por unos padres de categoría que nos hicieron la tarde de risas a todos.

Al caer el día, durante las letanías del rosario, a los padres se nos caía la baba viendo la fila de niños acercándose a besar el icono de la Sagrada Familia. Eso sí, lo hacíamos mientras calculábamos interiormente si tenía sentido seguir duchándolos antes del rezo, a sabiendas de que terminaban besando el icono más sucios de lo que habían entrado en la ducha apenas una hora antes.

Nada de esto habría sido posible sin el equipo de monitores: un grupo de jóvenes extraordinarios con una madurez sorprendente que cuidan de nuestros hijos como si fueran suyos. Marga y Alberto lo corroboran al ver que, semanas después, sus hijos siguen hablando de María y de los otros monitores. Más de uno volvimos a casa con la agenda llena de teléfonos de inmejorables canguros.
Detrás de esta aparente fluidez, hubo un pequeño ejército trabajando sin hacer ruido. Gabriel e Irene, los coordinadores, llevaron la semana con una serenidad y una buena cara a prueba de todo. Pablo y Carmen como responsables de monitores, con increíble mano izquierda supieron ponernos las pilas a los padres. Ramón y Mónica, los tesoreros, lograron cuadrar las cuentas. Santi y María, encargados de los avisos, lograron la auténtica hazaña de que el Máster terminara a la hora prevista. Pablo e Irene siempre dispuestos para cualquier ajuste que necesitara la sala. Gonzalo y Patricia no permitieron que fallara una sola comida en el comedor, mientras Jesús y Elena mantenían siempre abierta la librería. Y el piscolabis aparecía por arte de magia justo cuando uno ya no podía más gracias a Mari Carmen, Alejandro y Dulce. Este matrimonio cuenta que servirlo acabó haciéndoles «especialmente felices», demostrando que muchas veces los servicios pequeños son las grandes ocasiones de entregarse. Lo que no echamos de menos son las campanas de Jesús, Marta, José y Mari Carmen a las 7:30 de la mañana. Y no podemos olvidar a Joseja, sacerdote de Oviedo que hace el Máster como uno más, pero que se multiplicó echando una mano en Eucaristías, confesiones y horas santas.
A lo largo de la semana, coincidimos con familias que sobrellevan vidas mucho más difíciles que las nuestras y que, sin embargo, decían que sí a servir sin quejarse y sin darse importancia. Compartir días con personas que buscan de verdad la santidad te obliga a salir de ti mismo; es algo que se contagia.
Pero el verdadero triunfo de este encuentro no se queda en Tui. El sitio donde todo esto tiene que notarse a partir de ahora es en la cocina a las nueve de la noche, en el trabajo de un martes cualquiera y en el rato del cuento antes de dormir.
Familia Poggio Murga